A veces, no muchas veces en la novela contemporánea europea, el escritor consigue que su prosa se eleve y se eleve hasta convertirse en poesía. Es entonces cuando se produce una especie de epifanía, la maravillosa comunión del lector con el texto. Es un momento sublime que emociona y conmueve, uno de esos momentos que justifican nuestro amor por la literatura.
Hay muchas páginas maravillosas en la literatura donde se da este suceso, autores como Chejov, capaz de hacer poesía con las palabras más sencillas, Joseph Roth que logra emocionar con ese estilo trémulo que alcanza en su escritura, Knut Hamsun y la fuerza y la vida de sus personajes, la melancólica mirada de Sándor Márai… Son muchos escritores y muchas las obras que iremos tratando en este blog, pero hoy nos vamos a fijar en James Joyce, en el último párrafo de su relato Los muertos, una obra maestra de la literatura universal, seguramente uno de los mejores cuentos que se han escrito.
James Joyce y Dublín
Antes de leer el maravilloso final de Los muertos, vamos a conocer un poco a su autor, James Joyce. No entraremos en su vida, hay numerosas biografías sobre él que se pueden encontrar y consultar con facilidad.
https://es.wikipedia.org/wiki/James_Joyce
Nosotros nos vamos a fijar en unos pocos detalles sobre su forma de vivir, de pensar y de entender la escritura.
Lo primero que tenemos que saber es que nació en Dublín en 1882 y que la ciudad de Dublín es un personaje fijo en sus novelas, una de las principales protagonistas de su obra; aunque la mayor parte de su vida adulta la pasó fuera de Irlanda, Dublín es su universo literario y allí transcurren sus historias. «…Se debe escribir lo que está en la sangre y no lo que hay en el cerebro […] Yo escribo sobre Dublín porque si logro llegar al corazón de Dublín podré llegar al corazón de todas las ciudades del mundo», le comentó Joyce en cierta ocasión a un amigo que quería escribir a la francesa.

En 1904 Joyce abandonó Dublín, se había unido a Nora, una campesina, que trabajaba como camarera en el hotel Finn´s de Dublín. Nora fue la compañera de su vida que no dudo en seguirle en su eterno peregrinaje. Cierto es que Joyce se enamoró de varias mujeres, pero estas infidelidades nunca llegaron a cristalizar. Joyce era enamoradizo y confesó que necesitaba sentir la emoción del amor para no morir intelectualmente.
Nora le amaba, pero nunca le comprendió «no he leído ninguno de tus libros, pero tendré que hacerlo. Deben de ser buenos si se venden tanto», le dijo cuando ya era un escritor consagrado.
Con Nora se autoexilió y con ella vivió en varias ciudades de Europa: Pola, Trieste, Londres, Paris, Zúrich… y ya no regresaron a Dublín salvo en fugaces ocasiones.
En 1940 se trasladaron a Zúrich desde París, huyendo de los nazis y allí moría en 1944 debido a una hemorragia por una operación de ulcera de duodeno perforada.

Joyce está enterrado en el cementerio de Fluntern en Zúrich porque el gobierno irlandés no permitió que Nora repatriara sus restos. Junto a su tumba descansa Nora que le sobrevivió diez años y su hijo Giorgio muerto en 1976. Desde allí se oyen los rugidos de los leones del cercano zoo de Zúrich.
¿Cómo era Joyce?
Joyce era el mayor de diez hermanos, su familia era de un ferviente catolicismo y mantenían ser descendientes del libertador irlandés Daniel O´Connell.
James era un niño retraído y muy observador, parecía ausente entre sus diez hermanos.
Tenía fobia a los perros y a las tormentas que le producían pánico. Él explicaba que era debido a su educación católica.

Su padre, alcohólico y pésimo administrador, condujo a su familia a la ruina, tuvieron que vender la casa y alojarse en una pensión, esto hizo que Joyce abandonase sus estudios en París.
A pesar de todo, sentía verdadera adoración por su hijo mayor y mantenía largas conversaciones con él hablando de la madre patria y de la libertad de Irlanda.
James Joyce tuvo una esmerada educación en los jesuitas, una educación en los valores católicos que determinaron algunos rasgos que le acompañaron durante toda su vida.
Aunque, es verdad, que después rompió con el catolicismo y se separó del seno de la iglesia católica, al que no regresó jamás.
De su padre heredó la afición al alcohol y la nula capacidad para administrarse. Esta incapacidad supuso que él y su familia pasaran por verdaderas penurias económicas.
Sin embargo, Joyce tenía una infinita confianza en sí mismo y en su valor como escritor que le ayudó a no desfallecer a pesar de que todos los editores rechazaban sus obras.
¿Cómo escribía Joyce?
Ahora todo el mundo reconoce que Joyce supuso un antes y un después en la literatura. Sí porque Joyce cambió la forma de escribir, se atrevió y creo una escritura libre, sin ataduras, sin convenciones ni formalismos, una literatura donde lo sublime, lo poético, convive con lo más obsceno. Está libertad fue un grave impedimento y motivó que sus obras estuvieran vetadas y sus relatos escandalizasen a la sociedad de aquellos años.
No obstante, Joyce era muy meticuloso escribiendo, repasaba, una y otra vez, cada párrafo, cada frase, cada palabra hasta encontrar exactamente lo que él buscaba.

Fotografía de Joyce con 36 años
Su gran epopeya Ulises es una obra maestra, tardó casi veinte años en completarla y estuvo vetada su edición hasta que, en 1934, Silvia Beach, una estadounidense afincada en París, la publicó. De esta novela hablaremos con más detalle en otro artículo de este blog.
Es una novela experimental con capítulos escritos en estilo periodístico, dramático, de ensayo científico… Es un alarde de técnica literaria, un sublime experimento que culmina en el último capítulo casi cien páginas de monologo interior, escritas sin signos de puntuación, como las cartas que le escribía Nora, donde deja fluir el pensamiento de Moolly Bloom, la protagonista, que yace despierta en la cama y deja correr sus pensamientos mientras su marido duerme a su lado. En esta obra la técnica del monologo interior alcanza su máximo valor narrativo.
Cómo leer a Joyce
No, no nos vamos a engañar, no es fácil leer a Joyce, sus parodias, su forma de jugar con las palabras, el doble sentido, su endiablada técnica y los abrumadores recursos que utiliza, que aparecen cuando menos te lo esperas, que te sacan, que te vuelven, que te suben y te bajan…, el monólogo interior, esos pensamientos desbocados en un largo flashback, un flashback infinito de casi cien páginas sin puntos ni comas, dejando correr los pensamientos (recordemos el último capítulo de Ulises, el largo monologo interior de Molly Bloom que ya hemos mencionado antes).

Leer a Joyce requiere entrar en su mundo, sumergirse en su atmosfera, dejarse llevar por el espejismo de su imaginación, navegar por los meandros de su lenguaje, caer por sus cascadas y permitir que nos arrastre la corriente de su prosa descarada.
A Joyce hay que leerlo lentamente, masticar cada palabra, indagar en el doble sentido de sus frases y saborearlo despacio como se hace con un vino viejo.
Así, creo yo, que debemos leer a Joyce.
Los muertos
Los muertos es una de las quince historias recogidas en el libro Dublineses que publicó Joyce en 1914. Es el más extenso y trabajado de los quince relatos.
El autor nos cuenta que Gabriel y su esposa Gretta asisten a la cena y al baile de Navidad que, como todos los años, sus ancianas tías celebran en su casa de Dublín. Cae la nieve sobre la ciudad, los invitados van llegando y son recibidos con alegría por las dos ancianas damas.

Ya sentados a la mesa se habla de cosas sin importancia, comen y beben y están contentos de estar juntos un año más. A los postres Gabriel pronuncia un breve discurso, habla de sus tías y les agradece la invitación y que mantengan esa tradición durante todos estos años. Gabriel habla de la Navidad y de los que ya no están, pero dice que no deben ponerse tristes por ellos, que la vida tiene que continuar. En este discurso, Joyce toca ya el tema central del relato: Los muertos, los que ya se han ido.
Después se despiden y van saliendo de la casa, sigue nevando y llegan los carruajes para trasladar a los invitados hasta sus casas. A partir de este momento, cuando Gabriel está a punto de salir, es cuando la historia abandona lo trivial y se adentra en lo sublime. A partir de este momento, la voz del narrador se eleva, adquiere un aire de vaga tristeza y, poco a poco, cada palabra se va convirtiendo en verso y cada párrafo en un bello poema que nos emociona y nos conmueve.
La chica de Aughrim (The Lass of Aughrim)
Es una antigua canción del viejo folclore irlandés que Joyce utiliza en su novela Los muertos. Se trata de una joven seducida por lord Gregory que se presenta ante el palacio del lord en un lluvioso día con el hijo de ambos muerto en sus brazos.

Si eres la chica de Aughrim
como tú dices ser,
dime cual fue la primera prenda
que se cruzó entre tú y yo.
¡Oh! ¿No recuerdas la noche en la colina
cuando nos encontramos,
aquella que ahora lamento?
La lluvia cae sobre mis mechones rubios
y el rocío humedece mi piel;
mi hijo tiene frío en mis brazos;
Lord Gregory, déjame entrar.
Gabriel está ya en el vestíbulo, calzándose para salir, le parece oír una música de piano, lentamente sus ojos van mirando hacia arriba de donde viene la música. En la escalera ve a Gretta, su esposa, que se detiene y escucha emocionada la canción cantada al viejo estilo irlandés. Su mirada está velada por las lágrimas.
Escena de la película The Dead (Dublineses en España) la última y la mejor película de Huston, una melancólica mirada sobre el amor, el paso del tiempo, la vida y la muerte.
John Huston llevaba treinta años deseando hacer esta película sobre el cuento de Joyce. Por fin, gravemente enfermo, lo consiguió.
La película es una obra maestra que consigue expresar con admirable sensibilidad el texto de Joyce, aunque introduce algunas escenas que no aparecen en el relato.
Vi la película mucho después de haber leído el libro, me hizo regresar al cuento y comprobar emocionado como Huston entiende y nos muestra el cambio que se produce en la historia después de la canción.
La película terminó de rodarse en abril de 1987, Huston murió poco después, el 28 de agosto, a los 81 años.
Los muertos, el final de la historia
Gabriel y Gretta se despiden de las ancianas tías, caminan bajo la nieve a lo largo del rio, cruzan el puente de O´Connor y encuentran un coche que los lleva al hotel.
En la habitación alumbrada por la pálida luz de la calle que entra por los amplios ventanales, Gabriel desea a su esposa, pero observa que ella sigue triste, hablan y ella por fin le cuenta que le ha puesto triste esa canción, que le recuerda a Michael Furey, un joven de 17 años que conoció en Galway y que les gustaba pasear juntos.
Gabriel está celoso, le pregunta que, si su interés por regresar a Galway era por encontrarse con él, pero Gretta le mira desconcertada.
—Él está muerto, creo que murió por mí —le cuenta ya con los ojos húmedos por las lágrimas— cayó enfermo, guardaba cama y no me dejaban entrar a verle, cuando ya tenía que irme de Galway al convento, le escribí una nota. Estaba en mi habitación haciendo las maletas, sentí que la grava golpeaba el cristal, pero estaba anegado y no podía ver nada, bajé corriendo las escaleras, salí a la calle, diluviaba, al final del jardín estaba él tiritando, empapado.
—¿No le dijiste que volviera a su casa? pregunta Gabriel.
—Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo ¿Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín, donde había un árbol.
—¿Y se fue? —preguntó Gabriel.
—Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia…
Se detuvo ahogada en llanto, y sobrecogida por la emoción se tiró en la cama, Gabriel sostuvo su mano durante un rato…
Gabriel respeta su llanto, sabe que no llora por ese joven muerto a quien amaba, comprende que su querida esposa llora por todos los que ya no están, llora por todos los muertos.
Gabriel se acuesta a su lado, ella ya duerme. Gabriel piensa en ella, en su amor, siente que jamás ha amado a alguien como la ama a ella…
Y, por fin, Joyce nos conmueve con la belleza poética del párrafo final:
«Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al Poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos».
No quiero romper este momento con más palabras. Poco, muy poco podría yo decir, sólo os pido que leáis la historia, que os detengáis en cada párrafo, en cada palabra hasta sentir el dolor infinito como la noche que transpiran esas palabras, hasta sentir como ese dolor se hace poesía.

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